Aquel camarero que se convirtió en personaje

He tenido clientes habituales en todas las librerías en las que he trabajado, y varios han sido fuente de inspiración para mis cuentos. Mis personajes son gente que me encuentro en la calle, en los conciertos, y también en el trabajo, lugar donde hemos echado tantísimas horas de nuestra vida.

A mi Mamarracha la encontré en un concierto en Sidecar. A mi Presidenta, en nuestra comunidad de vecinos. En Violácea la protagonista es la directora de fotografía Violeta Vidal. Y una de las primeras veces que convertí a una persona real en personaje fue un cliente de la librería, un camarero de las Ramblas, que siempre nos visitaba después del trabajo, aún en uniforme: pantalón y chaleco negros, camisa blanca y pajarita. Era muy moreno, medio calvo, y tenía los dedos de las manos peludos y gruesos. Solía venir una vez al mes, siempre pagaba en efectivo, y le encantaban los libros relacionados con el terror y el cine, y los tebeos clásicos. No recuerdo su nombre, quizá nunca lo supe.

El cuento que escribí ahora me resulta anticuado, y me da un poco de apuro compartir textos que ya tienen tantos años sin una buena revisión, es casi como si fuera un texto ajeno y estuviera plagiando propiedad intelectual que no es mía. Pero lo he subido a Patreon para mecenas, por si tenéis curiosidad.

El cuento de aquel camarero se llamaba Crónica del hombre que llevaba esmoquin en el tranvía. Sé que lo escribí entre 2010-2012, pero no puedo precisar más las fechas porque no conservo ni las notas manuscritas ni el documento Word original. Es un texto que compartí en un blog que abrí sobre reseñas de cuentos ilustrados; a veces, cuando no tenía material para reseñar, liberaba alguno de mis cuentos. Los blogs del pasado están desaparecidos porque no quiero contaminar el ciberespacio.

He hecho el ejercicio autocrítico de volver a leer el cuento de mi camarero. Supongo que le cambié el uniforme por esmoquin para que se fijasen más en él.

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Mi camarero viajaba en un tranvía de la T5, y el cuento sucedía en el tramo que está cerca de casa de una de mis hermanas, en el barrio donde todas nacimos: el Besòs, un barrio periférico de Barcelona limítrofe con Sant Adrià de Besòs; un lugar cerca del río y del mar, chungo por excelencia. Si me permitís el inciso, el Besòs es sobre todo un barrio habitado por gente obrera e inmigrante, es casi un ghetto ignorado por el consistorio, pero os sorprendería lo reivindicativo que es. La gente del Besòs no suele protagonizar relatos de fantasía, y si me equivoco, por favor, agradeceré las referencias.

Cuando era pequeña y mi hermana Sandra volvía los domingos de salir con las amigas, nos subíamos en el coche mi padre, mi madre y yo, y la esperábamos aparcados en doble fila delante de la churrería para que no volviera sola a casa desde el metro. A mi hermana Carolina le robaron una vez en invierno la chaqueta, y tuvo que volver a casa porque cómo te vas a trabajar en enero sin chaqueta. Y a mi hermana Mónica, volviendo una mañana de fiesta, tres tipos la quisieron meter en su coche; no lo consiguieron gracias al vecino colchonero de enfrente. A la hermana de mi madre, que todavía vive allí, le robaron hace un par de años la Mona para sus nietos, y la dejaron tirada en el suelo mientras le estaba dando un infarto. Pero no penséis que es solo un barrio extremo donde pasar miedo, también existe una comunidad más unida que en otras zonas de la ciudad. Cuando nos mudamos con siete años, yo lo pasé muy mal, no quería irme de allí, porque era mi casa y les tenía mucho afecto a mis vecinos. Siempre me acordaré de la señora Asunción, a la que me comía a besos porque estaba muy solita; del señor Rafael, que me ponía discos de música clásica; del simpático José, que me dejaba jugar a tiendas en su parada de la Plaza y luego me paseaba a toda velocidad con el carro para mover mercancías; de mi tía Lolica, y mis primos, los amigos de mis hermanas, que siempre me saludaban por la calle aunque mi madre no los conocía; la Pepi y su numerosa familia gitana, y sobre todo, mi abuela, pilar de mi existencia infantil. Hasta que no me he venido a vivir les Corts con treinta y tres años, no he sentido que perteneciera a ningún sitio como pertenecí al Besòs. Eché de menos vivir en la calle Jaume Huguet durante mucho tiempo.

Estoy divagando demasiado, disculpad. Volvamos al texto.

El cuento de mi camarero se acerca peligrosamente a los límites de la verborrea aceptable que, como os expliqué en esta entrada, ahora intento mantener bien a raya porque escribir no es una exhibición de nuestro dominio lingüístico. Como casi todos los textos de la época, está narrado en tercera persona y no incluye diálogo. El diálogo siempre ha sido mi punto débil, ahora no soy mucho mejor, pero lo intento, aunque sea de forma indirecta.

La idea me sigue pareciendo fabulosa y bizarra. SPOILER: una chica se sienta junto a un hombre que mira distraído por la ventana, y su olor corporal le hace pensar que la chica es una ostra, “una ostra cara, fuera de lugar”. FIN DEL SPOILER. Me divertí tanto escribiendo este cuento, lo acabo de recordar mientras lo releía. Como dije, a veces escribir te sube en la cresta de la ola y te hace muy feliz.

Por supuesto, ya entonces adolecía de mi vicio personal, e incluí una referencia a aquel personaje de Disney que se da un atracón de ostras en Alicia en el país de las maravillas. Si no recordáis esta escena, es un momento cruel y bizarro, más salvaje que cualquier manzana envenenada.

También tengo un fallo de raccord muy fácil de identificar, y que tiene relación con las lágrimas. Imagino que si he sido capaz de depurar mi estilo, también habré ganado experiencia corrigiéndome. Creo que “lágrimas” es una palabra a la que recurro con demasiada facilidad, y tengo que tener cuidado con esto. Como os dije, intentad buscar todas aquellas palabras y conceptos que repetís una y otra vez, y haced el esfuerzo consciente de no convertirlas en vuestro propio cliché.

Sin embargo, hay pasajes que me siguen pareciendo muy acertados. Y el final sigue siendo una sorpresa, un párrafo abrupto que introduce una nueva idea y descoloca bastante. ¿Y si lo reescribo? O puede que utilice esta idea y la actualice con todo lo aprendido por el camino desde 2012. ¿Retomo la idea del camarero en esmoquin, o le doy una nueva personalidad? O quizá, decido ser más honesta con mi recuerdo real, porque mi personaje es un pobre desgraciado, pero aquel hombre, el real, siempre me pareció alguien muy seguro de sí mismo.

 ¿Vosotros qué haríais? ¿Os gusta reescribir las historias del pasado?

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